MembreteEsta página web se abre en honor de aquel gran hombre que fue mi abuelo Saturnino Calleja Fernández, de quien soy el nieto más joven.

Incluiré en ella todos los recuerdos que pueda reunir de él y del imperio editorial que creó: la “Casa Editorial Saturnino Calleja Fernández” -que, a su muerte, pasó a llamarse “Editorial Calleja S.A.”- y que fue la editorial en lengua española más popular que haya existido en cualquier época, a uno y otro lado del Atlántico.

En el Índice se indica la documentación que iré metiendo.

Serán bien recibidas propuestas para incluir en esta página colaboraciones de otros autores, reservándome el derecho de aceptarlas o no.

Enrique Fernández de Córdoba y Calleja
22 de diciembre de 2005

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· Sección colaboraciones: Los nacionalismos
LOS NACIONALISMOS



Empezaremos este capitulo con una carta al Director de ABC del 20 de Noviembre de 1996, a los 21 años justos de la muerte de Franco. La firma D. Andrés Martínez-Bordiú Ortega:

“Faltaban ya muy pocos días para la fecha del 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco Bahamonde agonizaba en una cama del Centro Clínico de La Paz. (...) En el caso del ilustre moribundo -aunque en plena consciencia todavía- una preocupación seguía embargando su ánimo. Lo sabemos a través de un testimonio excepcional. Es el propio Rey de España, Don Juan Carlos I quien nos cuenta (“El Rey” de J.L. Vilallonga, pág. 86) cómo en una de sus últimas visitas al Generalísimo, ya en su lecho de muerte, al acercarse a su cabecera, éste le cogió la mano, la apretó muy fuerte y le dijo en un suspiro: “Alteza, lo único que os pido es que mantengáis la unidad de España”.
La unidad entre las tierras y los hombres de España fue sin duda objetivo primordial de su quehacer político. Franco fue ante todo un patriota que compartía el concepto que de la Patria tenía otro gran patriota, José Antonio Primo de Rivera, cuando afirmaba que amaba a España porque no le gustaba y era un imperativo su transformación y engrandecimiento, lo que solamente podría lograrse por el esfuerzo conjunto de todos los españoles en un ilusionante proyecto común.
La petición hecha en tan dramáticas condiciones y casi en tono de súplica, no fue atendida, quizás porque la imposibilitaban los acuerdos ya pactados por las fuerzas de la oposición con los partidos nacionalistas.
La Constitución de 1978 -redactada con apresuramiento y sin la debida reflexión- consagra en su contradictorio texto, la división de España al dar nacimiento a los conceptos de autonomías y nacionalidades.
Así, lo que era sin duda necesidad urgente: una profunda descentralización administrativa y el pleno reconocimiento del hecho diferencial de dos regiones, se convirtió en la creación de diecisiete entes autonómicos, con diecisiete gobiernos y diecisiete parlamentos con un costo político y económico que España no puede soportar.
Con ello se rompían 500 años de Historia común, se facilitaba el camino a la separación del País Vasco y Cataluña y se daba nacimiento a antagonismos y enfrentamientos entre las diferentes Autonomías.”

Hablemos de Galicia, que es mi tierra, para lo que sigo con otra “autocita” de “Recuerdos de una familia en el siglo XX”.

“El campesino gallego, la gente “de aldea” como se les llamaba, vivía entonces (1951) muy pobremente y era muy rústica. Eran los únicos en hablar gallego, pues la gente de las ciudades hablaba castellano, aunque con el peculiar y morriñoso acento, diciendo “colo” (regazo), “parvo” (tonto), “rapaz”, etc., y acabando las palabras en “iño”.
Hoy se habla en la “Televisión autonómica” un gallego frío y anodino, más falso que Judas, recitado con voz monocorde y átona por locutores que lo aprendieron en cursillos.
Me indigna que los letreros de la señalización de carreteras estén solo en gallego, que el Ayuntamiento de Gondomar me haya enviado a Madrid un oficio en gallego y que algún imbécil politicoide haya exigido, siendo aprobado por el coro de los estúpidos borregos legisladores, que los nombres oficiales, en toda España, de La Coruña y Orense pasen a ser “A Coruña” y “Ourense” (Nota: el estupendo Alcalde de la primera de dichas ciudades, Francisco Vazquez, socialista –y a quien si yo estuviera empadronado allí votaría sin dudarlo- ha declarado reiteradamente que cuando habla en castellano él dice “La Coruña”).
Claro que eso no es nada al lado de la supina y extrema gilipollez de nuestros sesudos políticos autonómicos hablando en el Senado unos en vasco, otros en catalán y otros en gallego, con un caro y eficaz sistema de traducción simultánea pagado por todos los españoles, que también elegimos a tan preclaros representantes con nuestros inteligentes y bien ponderados votos.
El ansia autonómica del pueblo gallego era tal que cuando se celebró el referéndum correspondiente (en 1980, con la prosperidad y el nivel de vida que había dejado el Franquismo), hubo una abstención de casi el 74%, y los votos a favor de la autonomía fueron el 71%, es decir que dijo “Sí” aproximadamente un 18% de los gallegos.
Pero luego llegaron los políticos a conseguir votos como fuera, siendo un buen sistema el alardear del “¡Yo soy más gallego que tú!”, y cacarear con santa indignación ante cualquier sensata objeción del adversario a sus más absurdas propuestas nacionalistas, y todo ello coreado por unos veraces y ecuánimes periodistas, consiguiendo, como siempre, entre ambos poderes, tan eficaces en su desinteresada búsqueda de la verdad, la eficacia, el patriotismo y el bien del pueblo, convencer a los ciudadanos de que no era el 18% sino la inmensa mayoría de los gallegos los que, hartos de estar sojuzgados y reprimidos por la oprobiosa dictadura anterior, ansiaban la libertad de la autonomía y las delicias del nacionalismo.”

En el ABC del 23 de Diciembre de 1980 se trató extensamente el tema del referéndum:

“SOLO VOTÓ UNO DE CADA CUATRO GALLEGOS CENSADOS

Resultados globales

Abstención...................73,88%
Total de votantes.........26,12%
Votos afirmativos........71,06%
Votos negativos...........20,84%
Votos en blanco.............5,36%
Votos nulos...................2,66%”


En el Editorial se decía:

“EL FRACASO DEL REFERÉNDUM GALLEGO

Con un porcentaje escandalosamente elevado de abstención -superior al 70%- el resultado del referéndum para la aprobación del Estatuto de autonomía de Galicia ha sido un rotundo fracaso. Un fracaso tan notorio, tan evidente, que no admite ninguna explicación referida a la dispersión de los votantes en núcleos rurales, ni a la climatología, ni a las deficiencias de la propaganda.
El caso expuesto, con absoluta claridad, es muy sencillo: la absoluta mayoría del pueblo gallego no ha ido a votar, ha vuelto las espaldas a las urnas, se ha negado a participar en el juego autonómico, no ha pedido el Estatuto y, por lo tanto, no se podrá decir que lo apoya o que lo respalda.
Esta es la verdad. Nada más que la verdad. Si los porcentajes de abstención en los casos precedentes del País Vasco y Cataluña fueron considerables, la abstención gallega ha sido arrolladora.
Tan masiva que obliga a plantear –aunque la hipótesis solo tenga interés teórico- un interrogante sobre la validez de una consulta electoral, tan importante, a la que no acude más del 70% del censo.
Apuntamos esta inquietud porque a la vista del resultado del referéndum gallego el sistema de las autonomías puede resultar siendo una decisión de las minorías en vez de ser, como la democracia parece demandarlo, fruto del acuerdo mayoritario, ley de mayoría.
¿Se puede decir en este caso que el pueblo gallego ha aprobado su Estatuto? ¿No es más cierto deducir, a la vista de tan insuficiente, tan raquítica votación que la mayoría de los gallegos se ha desentendido ostensiblemente del asunto? (...)
El dato es muy grave. Y suscita preocupaciones hondas. Obliga o impulsa a preguntarse hasta qué punto tiene raíces auténticas el autonomismo, hasta qué punto responde a una verdadera demanda nacional el llamado Estado de las autonomías, O hasta qué otro punto, por el contrario, es una creación artificial que solo satisface al doctrinarismo de las minorías (...) resulta reacción normal el temer que se está gobernando de espaldas a la realidad nacional. Es decir, sin tener en cuenta los deseos más ciertos de la inmensa mayoría de los españoles”.

A continuación hay un artículo de Emilio Romero:

“...lo que acaba de ocurrir en Galicia supera todo lo imaginable. (...) Puede decirse que cerca del 80% ha vuelto la espalda al Estatuto de Autonomía de Galicia. ¿Puede instalarse de este modo una “comunidad autónoma?. Legalmente sí, pero moralmente, políticamente y democráticamente no. En consultas populares como estas hubiera sido necesaria una legalidad más democrática como es la de establecer un porcentaje obligado. Los menos no pueden imponer nada a los más.
¿Qué va a suceder? Pues que los caciques gallegos van a imponer una norma jurídica a la región. Estos caciques están avalados ahora por una legítima y comprensible manifestación de los intelectuales gallegos que aman su lengua y hasta su cultura. Pero el pueblo gallego ha probado que está fuera de los intereses de los caciques, y de las bonitas abstracciones de los intelectuales. (...) La distancia orteguiana entre políticos y país va en aumento.”
Sigue un artículo de Lorenzo López Sancho:

“...poco más de medio millón de gallegos de los que acudieron a las urnas del referéndum han dicho que sí al Estatuto y alrededor de los ciento cuarenta mil han dicho que no. Son pues más de millón y medio los que no han dicho ni mus. La Xunta se ha cubierto de gloria. A sus paisanos les importa un pito lo que esos ilustres gallegos, galleguistas, proyectan. (...) A Galicia, envuelta en la saudade y en la desconfianza, no le hace por lo que se ve ninguna ilusión el Estatuto. Pero le van a propinar un Estatuto. Hay que preguntarse si no solo al pueblo gallego, sino a los demás pueblos de España les ilusionan, les apetecen las autonomías. Si, en rigor, no preferirían menos barulletes y personajillos autonómicos y una Administración estatal más distributiva, más racionalizadora, más al hilo de estos tiempos que son los del Pacto Atlántico y el Comecon y el Mercado Común y las multinacionales. (...) Venirle a los gallegos, tan cautos, tan reservados, tan acendradamente realistas con propagandas autonómicas a base de gaitas y centollos parece una palmaria estupidez. Centollos, nécoras y santiaguiños eran los signos que se ponían al pecho los gallegos para luchar contra la República por aquella España una, grande y libre que se ha quedado en esto.
¿Qué es lo que está pasando? ¿Se ha dicho a los gallegos con claridad, con insistencia, pueblo por pueblo, lo que había de ser el Estatuto, qué iban a ganar con que los caciques y los caciquillos se convirtieran en ministros, qué ventajas les iba a portar decir por la radio y la tele “boas noites” en vez de “buenas noches”, etc.?.

Reléanse despacio las frases que he subrayado.

¿Quién se atrevería hoy, 21 años después, a escribir eso? ¿Quién se lo publicaría?. Juzgue el lector.

Respecto a lo de los “caciques y caciquillos convertidos en ministros”, me publicaron una “Carta al director”, en el ABC del 8 de enero de 1998, que transcribo, por venir al caso:

“En 1826, recién adquirida la independencia de España, casi todas las repúblicas hispanoamericanas enviaron diputados al Congreso Internacional de Panamá. Viéndose excesivamente divididas, frente al ya poderoso vecino del Norte, querían intentar allí algún tipo de confederación, lo que, como es sabido, no consiguieron.
En dicho Congreso, uno de los diputados dijo: ‘Estos mediocres localistas fueron, andando el tiempo, los nacionalicidas de la gran patria que nos legó Bolivar. Ellos querían patrias del tamaño de su ambición: patrias microscópicas.’
Es decir, era más apetecible ser todo un presidente de una pequeña nación independiente que solo general de una grande. (La Gran Colombia de Bolivar, que las englobaba).
Claro que algunos años antes el propio Bolivar, sorprendido desagradablemente por el poco entusiasmo de los venezolanos a dejarse independizar de España, decidió deformar la Historia para que fuera más útil a sus fines políticos.
Estableció para ello una separación radical entre los criollos (auténticos colonizadores de todo lo que se hizo en América desde la conquista), a los que convierte en espíritus puros y los españoles (que, salvo los Virreyes y algunos altos cargos y burócratas, estaban en España).
No eran los criollos quienes colonizaban a los indios sino los malvados españoles quienes habían colonizado a los criollos. Esto permite a Bolivar ‘librarse sobre los españoles de toda la carga negativa, de todos los pecados, de todos los vicios (...) asumiendo así todos los argumentos de la leyenda negra y apareciendo ante el pueblo como el paladín de la libertad’.
O sea: ‘nacionalicidas’ con tal de ser presidentes de pequeñas naciones independientes y deformación de la Historia con ese objetivo.
¿Habrá algún lector mal pensado y suspicaz que encuentre algún paralelismo en la España de hoy?”.

Los nacionalistas mienten descaradamente al decir que el centralismo español ha subyugado la histórica independencia (que se han inventado ellos) de las provincias vascas, y les resultaría intolerable leer lo que escribía, a finales del siglo XIX, un ilustre miembro de mi familia, el Teniente General Fernando Fernández de Córdova, Marqués de Mendigorría, en su muy interesante y curiosa autobiografía “Mis Memorias Íntimas” (Sucesores de Rivadeneyra-Madrid-1886):

“...de todas las capitales de provincia era Bilbao la preferida del Ejército (...) aquella encantadora capital, en la que no se penetraba nunca sin alegría ni se abandonaba sin pena, supo conquistar entonces de tal manera el afecto del Ejército, que todos sus individuos estaban siempre dispuestos a defenderla y garantirla a costa de su propia sangre. Toda su población viril y aún los ancianos empuñaron las armas para rechazar las huestes del pretendiente. (...) De las bilbaínas no olvidaré ni su conocida belleza, ni su educación esmeradísima, ni la apasionada y entusiasta fe con que mantenían las mismas opiniones liberales que sus esposos, padres y hermanos. Aquel sentimiento adquirió entonces una fuerza verdaderamente incalculable y condujo a resultados eficaces para la causa de la Reina, pues se inculcó con tales y bellos ejemplos en el corazón de todos los habitantes de la ciudad, contribuyendo mucho a que su población viril la defendiera hasta tocar los limites del heroísmo”.

Aquellas preciosas bilbaínas, aquellos viriles bilbaínos, que luchaban heroicamente al lado del Ejército español para defender los derechos de quien reinaba en Madrid, serían tatarabuelos de los que hoy le ponen bombas a los militares españoles.

(Nota: aunque sea salirse del tema, no me resisto a transcribir lo que cuenta Mendigorría sobre la batalla de Bailén, en la que el General Castaños infligió la primera gran derrota a los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos: “...nos contaba el noble general Zarco cómo los picadores y vaqueros andaluces, formados en escuadrón valeroso, vestidos con el pintoresco traje de nuestros hombres del campo y armados con las formidables garrochas, cargaron a los coraceros enemigos, y sacándoles de sus sillas con forzado brazo, los levantaban en el aire para hacerlos caer y besar la tierra que con sus plantas profanaban. Fue aquel un hecho sin igual ni parecido en la historia de las más valerosas Caballerías.
Pero no era menos interesante para nosotros, jóvenes e inexpertos oficiales, aunque llenos de ardor y entusiasmo, la versión que nos daba el general, retratando con vivos colores el cuadro del ejército francés, en número de más de 21.000 hombres de soldados viejos y aguerridos desfilando en dos distantes y diversos grupos con sus banderas y cañones, para rendir las armas ante otro compuesto de bisoños voluntarios que realizaban la noble empresa de defender la independencia de la patria y de rescatar al ‘deseado’ Monarca. Aquel imponente espectáculo conmovía todos los ánimos. Desfilaban los vencidos por delante de Castaños vertiendo lágrimas de vergüenza y de despecho, mientras que los vencedores con generoso silencio respetaban la desgracia de sus contrarios. Dupont, a quien Napoleón apellidaba ‘El Rayo del Norte’ por las victorias que sus armas habían alcanzado en toda Europa, al desfilar delante de Castaños, con visible emoción y turbada voz le dijo: ‘General, os entrego esta espada con que he vencido en cien batallas’, ‘Pues, General- le contestó nuestro Caudillo, devolviéndole el arma gloriosa y dándose pausados golpes en el abdomen- mi primera victoria es esta”.

Pero volvamos al Franquismo, que es de lo que se trata.

En su artículo antes citado, Juan Luis Calleja dice:

“...El régimen se empeñó también, con toda el alma, en restañar las cortaduras separatistas y en impedir los celos entre provincias y regiones, con leyes, estudios, planes e industrias. Transvases de aguas, transformación de eriales, autopistas y periféricas, intercambios energéticos, renacimiento y cultivo de los folklores, todo eso y más se enfocó hacia el fortalecimiento de la unidad territorial, que fue otra de las condiciones para el desarrollo continuo, en paz.”

Franco pasaba temporadas todos los años en San Sebastián y en Barcelona (Creo recordar que en los palacios de Ayete y Pedralbes, respectivamente), lo que parecía absolutamente normal y no suscitaba el menor comentario, pues a nadie se le ocurría pensar (por lo menos en mi generación) que vascos y catalanes no fueran tan españoles como el que más.

En el libro varias veces citado “Vida de Gregorio Marañón” (pág.423) se transcribe una carta que le escribe su hijo Gregorio desde el frente de guerra en 1938:

“...he hablado con mucha gente que ha estado en Barcelona. Es algo pasmoso el esfuerzo de la ciudad por ir recobrando poco a poco su normalidad. Los catalanes están animados de la mejor voluntad. Recibieron al Generalísimo y a nuestras tropas con un entusiasmo desconocido desde Santander”.

Supongo que la lectura de ese párrafo produciría un sincope a los actuales nacionalistas catalanes, que se negaron hace un par de años a que el Ejército de la España democrática desfilara por las calles de Barcelona: ¡¡Franco y sus tropas recibidos con entusiasmo en dicha ciudad!!, ¡blasfemia!, ¡ultraje!, ¡vejación!.

Los vascos caían especialmente simpáticos durante el Franquismo, con su carácter abierto y fanfarrón, su habla escueta, su gusto por el chiquiteo en las tascas y su irrefrenable tendencia a ponerse a cantar a coro (y muy bien por cierto) en cuanto tomaban tres vinos.

Santiago López Castillo nos lo cuenta en su artículo “Ecos de ayer” (ABC: 16-12-98):

“...con Franco llegaban los equipos (de fútbol) vascos con el respeto y la veneración de los aiskolaris, los pelotaris o versolaris. A Chamartín y al Metropolitano (denominación, para los no iniciados, de los campos del Madrid y Atlético de Madrid en los años cincuenta, respectivamente) asomaban gentes entusiastas de los equipos de las provincias vascas, todos nos sabíamos de corrido la delantera bilbaína, que siempre terminaba en Gainza, y las gentes de Madrid se deshacían en elogios cuando no reventaban en aplausos por aquellos equipos del Norte que tenían sangre en las venas y eran de pura raza.
En los prolegómenos, los donostias o vizcaitarras, depende del partido en juego, poblaban las calles madrileñas de chapelas, hoy “txapelas”, anudados al cuello los pañuelos según colores, al son del “Txistu” y tamboril. Era una delicia de afición y los hinchas madridistas y rojiblancos disfrutaban con denuedo y no se les hinchaban las pelotas. Nunca.
Hoy, desgraciadamente, la fiebre autonomista/independentista ha convertido los partidos de fútbol en hogueras. De un lado, las ikurriñas; de otro las nacionales, vamos, la roja, amarilla y roja, o sea la española según la Constitución o la estatal según la periferia (en el gallinero también se cuelan las anticonstitucionales) (...) Y aunque la expresión ha de ser libre aun en tela, nadie osa enarbolar la bandera española en San Sebastián o en San Mamés”.

Ahora los nacionalistas vascos dicen que, antes y después, pero sobre todo durante la época de Franco, estuvieron subyugados por el Estado español, a lo que replica, con su lógica acostumbrada, José María Carrascal (ABC: 11-3-97):

“...Me viene a la cabeza la conversación que mantuve hace ya treinta años (Nota: es decir, en 1967, en pleno Franquismo), con un periodista norteamericano, a propósito de la ‘cuestión vasca’, que entonces empezaba a aparecer en los titulares envuelta en sangre.
Mi colega norteamericano estaba convencido de que los vascos eran otro de esos pueblos subyugados de los que por desgracia abundan por el mundo, pero quería información de primera mano.
Más que liarme en un debate, yo me limité a apuntarle unos cuantos hechos: que en aquel momento, varios ministros del Gobierno español eran vascos, empezando por el de Asuntos Exteriores -Castiella-, que los bancos más importantes españoles eran vascos y que la zona más industrializada del país estaba en el País Vasco.
La consecuencia inevitable de todo ello era que el País Vasco gozaba de un nivel de vida bastante superior al del resto de las regiones españolas.
‘¿Quieres decir -me preguntó mi colega norteamericano sin acabar de creérselo- que hay vascos en las carteras más importantes del Gobierno español, que controlan la banca y la industria pesada?’. ‘Exactamente –fue mi respuesta-, y si no lo crees cualquier anuario te lo demostrará’. ‘Entonces -dijo con una auténtica exclamación- ese no es un pueblo subyugado. Ya quisieran los irlandeses o los palestinos gozar de ese estatuto en Gran Bretaña o Israel’.
Ya quisieran el resto de los españoles gozar del estatuto social y de la riqueza que han gozado los vascos hasta prácticamente ayer”. (Nota: durante el Franquismo).

En efecto: en el ABC del 26-2-2002 se comenta un estudio de la Fundación BBVA sobre “La evolución económica de las provincias españolas (1955-1998)” en el que, tomando como base 100 la media nacional de la renta familiar neta disponible per cápita, se comprueba que “Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, que se situaban en 1967, por este orden, en las tres provincias más ricas de España, han perdido posiciones en los últimos treinta años para colocarse en el undécimo, octavo y cuarto lugar respectivamente”

La evolución de los índices es la siguiente:

1967 1998 % perdido
Media nacional....................................................100 100 0
Vizcaya...............................................................140,6 107,0 33.6
Guipúzcoa...........................................................139,2 110,2 29,0
Álava...................................................................137,2 122,7 14,5

Es decir, que la autonomía y el nacionalismo han sido un pésimo negocio para la economía de las familias vascas.

Y respecto a los idiomas, en el ABC del 7-7-1995, D. J. Enrique Álvarez del Castillo publica una interesante “Carta al Director”:

“Señor director: El jueves 8-6-95 se publica una información en su diario bajo el título de ‘Presentado en Madrid: El Catalán, una lengua asediada. El libro documenta la persecución franquista’
En la información se dicen muchas cosas, y entre ellas la siguiente: ‘Tussell afirmó que el asedio al catalán terminó en 1975 o 1977’.
Desconozco la documentación que aporta el libro de Solé i Sabaté pero sí hay algo que me extraña mucho, y es que por haber pertenecido yo a Radiocadena Española, poseo la historia sintetizada de la misma publicada en 1987 en la ‘Agenda Anual’ de dicha Cadena, en la que en el apartado correspondiente al año1968 aparece el siguiente dato: ‘Radio Juventud de Barcelona emite el primer programa hablado exclusivamente en catalán, de la posguerra’. Y un poco más abajo, en la misma página aparece otra nota curiosa: ‘Se celebra, organizado por Radio Juventud de Éibar, el primer certamen de la canción euskera, que continuará hasta el año 1971’.
¿Cómo podía estar perseguido el catalán en 1968 y una emisora oficial (pertenecía al Frente de Juventudes) (Nota: de la Falange) dar un programa en este idioma?.
Yo creo que últimamente se están extremando muchas cuestiones en España (y no en ‘este país’), tratando de sacar temas a relucir que en nada benefician al desarrollo del convivir de los españoles.
Seamos sinceros siempre y tratemos de decir la verdad en todo, respetando a unos y a otros.”

Y en ese mismo ABC de 7-7-95 Ovidio firma un “Zigzag” en el que dice:

“La mejor terapia contra el error y el horror político del nacionalismo es el conocimiento de la Historia. Detrás de todo fanatismo se oculta la ignorancia.
En febrero de 1951 una Orden ministerial creaba en la Universidad de Salamanca la Cátedra ‘Manuel de Larramendi’ para el estudio del vascuence y afirmaba en su parte expositiva que ‘constituye la lengua vasca una de las más venerables antigüedades hispánicas que nos permite reconstruir lo que fue el antiguo Occidente prelatino y preindoeuropeo’. Y más adelante considera deber inexcusable del Estado español atender al estudio, investigación y cuidado científico de esta parte esencial de nuestro patrimonio cultural.
Tal vez muchos ignoren que fue precisamente en Salamanca, en la sección de Filología de su Universidad donde en 1729 se publicó la primera gramática de la lengua vasca, obra del jesuita Manuel de Larramendi.
La tesis de la secular persecución castellana contra los vascos y su lengua es una pura y burda mentira.”

Tergiversando la Historia (como antes se ha visto que hacían los generales de Bolivar), los nacionalistas vascos reclaman recuperar una independencia y una soberanía que jamás tuvieron, y tienen como brazo armado al conjunto de asesinos encuadrados en la ETA.

Mientras ETA asesinaba a policías o guardias civiles de Badajoz, Lugo o Albacete, los nacionalistas “moderados” miraban para otra parte o hacían algunos aspavientos de santa protesta.

Pero han empezado a asesinar políticos y personalidades vascas, y “hertzaintzas”, que tienen padres, esposas, amigos y vecinos vascos, y eso parece que les duele un poquito más.

La única vez que se puso a ETA en un serio aprieto fue cuando el Gobierno del PSOE les hizo la guerra sucia, con su mismo estilo, con los asesinos del GAL, que además, al atacar a los etarras en el Sur de Francia, donde eran amablemente acogidos, hicieron reaccionar al Gobierno francés, que empezó a ser menos complaciente con ETA, al ver sangre en las aceras de sus ciudades.

Estoy convencido de que la gran mayoría de los españoles apoyó, en su fuero interno, las actividades del GAL. (Aunque no la forma descarada de meter la mano en los fondos reservados por parte de varios altos cargos del Ministerio del Interior).

Yo maldigo a los políticos que forzaron, a espaldas del pueblo, como antes se ha visto, la disgregadora y agria “España de las autonomías”, y a quienes, pudiendo evitarlo, no lo hicieron.

Y me da pena la juventud catalana que estudia sus carreras en catalán, pues el día de mañana tendrán muy restringidas las posibilidades de encontrar trabajo, y me parto de risa cuando el inefable señor Arzalluz dice que “el español es el lenguaje de Franco”, a lo que contesta Alfonso Ussía (ABC: 26-3-97):

“...Ha dicho Julián Marías que las palabras de Arzallus, al referirse al español como el ‘idioma de Franco’ han sido estúpidas y que no merece la pena comentarlas. Estoy de acuerdo. Son las palabras propias de un imbécil, de un débil mental, respetuosísimo con la imbecilidad del fundador de su partido. Ahí hay que reconocerle a Arzallus una lealtad admirable. Por lo demás, eso, un ‘Ergelco ipurdi’ o un ‘txoroco ipurdi’, que se traducen igual: Tonto del culo”.

El tema de las autonomías (que me parecería bien si le limitara a una descentralización administrativa) ya no tiene solución, pues los españoles de menos de 30 años no han conocido otra cosa. Aunque queda una esperanza: tampoco los actuales españoles sesentones conocimos, hasta 1975, otra cosa que una España unida y solidaria, y véase ahora...Confiemos en que dentro de unos cuantos años, y en el seno de la Unión Europea, se pase el maldito sarampión de las tendencias independentistas.

Cuando hubo que votar en el referéndum de la Constitución, me leí despacio todo el texto (¿qué % de españoles lo haría?), subrayando en azul lo que más me gustaba, en rojo lo que menos y en negro lo que me parecía inadmisible. Con este último color subrayé lo de las “nacionalidades” y las “autonomías”, por lo que voté en blanco. Era consciente de la necesidad de una Constitución asumible por todos los españoles, pero no podía aceptar la disgregación de España. Tengo a orgullo que mi voto no haya colaborado a eso.

Ahora, jubilado, después de haber viajado intensamente por buena parte del mundo, me dedico a conocer mejor España, pero no pisaré aquellas regiones en las que la señalización, los letreros y los impresos estén en lenguajes incomprensibles y en las que se me mire de reojo por mi acento o por la matrícula de mi coche de Madrid. De irme al extranjero, prefiero hacerlo a Francia, donde tengo buenos amigos y me entiendo perfectamente.

Que pena.

Aunque advierto que yo soy acérrimo nacionalista de mi pueblo, Gondomar, cuyo aguerrido escudo llevo orgullosamente en una pegatina en mi coche.

Gondomar es mucho mejor que la vecina Bayona, nuestras rapazas son más bonitas y nuestro equipo de fútbol más bueno. Ellos presumen mucho de su bahía y sus playas, pero nuestro clima es mucho más sano con tanto bosque.

Así es que: ¡VIVA GONDOMAR!.

Pero ambos pueblos están en el valle Miñor, y es sabido que:

“El valle del Fragoso es muy hermoso.
El valle del Rosal no tiene igual.
Pero el valle Miñor es el mejor”.

A los que no hay quien aguante es a los de Vigo, engreídos con su puerto, su industria y sus cientos de miles de habitantes, que dicen que los del valle somos “de aldea” y que hacen chistes a nuestra costa. Bastante penitencia tienen con su tráfico endemoniado, y el ruido y el aire irrespirable.

Así es que: ¡VIVA EL VALLE MIÑOR!.

Claro que Vigo está también en la provincia de Pontevedra, la mejor de Galicia, sin duda, por mucho que presuman los de La Coruña, empeñados en decir que su capital lo es también de Galicia, la mejor tierra de España, con nuestra gastronomía incomparable: el marisco, la empanada, los viniños blancos que impulsan a bailar la muiñeira, nuestra habla morriñosa,...por algo se jactan los vecinos del otro lado del río Eo de que:

“Gallegos y asturianos, primos hermanos”.

¡Más quisieran!. ¡Si esos solo saben comer fabada, hablan fatal y da risa oírles decir “les vaques” y “les mosques”!.

Así es que ¡VIVA GALICIA!.

Pero después de todo, los asturianos también son del Norte y tocan la gaita (peor que los gallegos), y compartimos unos campos verdes y feraces y un clima húmedo y templado y unas preciosas costas marítimas.

Lo incomprensible es que alguien pueda vivir a gusto en la meseta castellana, con sus interminables y resecas llanuras sin un solo árbol, gélidas en invierno y con insoportable calor en verano, o en Cataluña, con su lengua incomprensible, donde solo piensan en trabajar y en pegar saltitos en círculo agarrados de la mano, o en Andalucía, siempre de cachondeo, donde no comen más que pescaditos fritos.

Así es que: ¡VIVA EL NORTE!.

Naturalmente, entre todos formamos España, tan estupenda en su diversidad cultural, paisajística, folclórica y gastronómica.

Cuando uno está en el extranjero, vibra por igual al oír una muiñeira, una jota, unas sevillanas, etc.

A la hora del buen yantar, es dificilísimo elegir entre unos mariscos gallegos, un asado castellano, una paella, un bacalao al pil-pil, una fabada o un gazpacho andaluz seguido por una fritura malagueña.

España fue la primera nación europea y nuestra idiosincrasia es una rica mezcla de aborígenes celtíberos cultivados por la Roma eterna, con la aportación práctica y guerrera de los godos del Norte europeo y el refinamiento y el sensualismo árabes.

España salvó a Europa de los turcos en Lepanto, de la invasión árabe luego, y de tener una república soviética al Sur más tarde; completó el mundo conocido descubriendo América, creó allí 20 naciones de cultura occidental y gobernó uno de los imperios de mayor trascendencia de la Historia.

¡Hasta donde llegaría el famoso chovinismo francés si pudiera alardear de algo parecido!. Esos franceses que no piensan más que en el sexo (“¡Cherchez la femme!”), que guisan con la empalagosa mantequilla y que presumen tanto de vinos (como si los nuestros no fueran mejores), y con los que hemos andado a trastazos a lo largo de los siglos.

Peores son los ingleses, raza de corsarios en el pasado, flemáticos y aburridos hoy, todo el día tomando te.

¿Y los alemanes “cabezas-cuadradas”, rellenos de salchichas y cerveza?, ¿Y los nórdicos descocados?, ¿Y los italianos gesticulantes atiborrados de espaguetis?.

Así es que ¡VIVA ESPAÑA!.

Pero todas esas importantes naciones constituimos Europa, base de las culturas griega y romana, conjuntadas por el cristianismo, foco de una forma de ser y de encauzar la vida y la sociedad que ha irradiado su esencia a casi todo el mundo.

Ahora 15 naciones pertenecemos a la Unión Europea, uno de los tres pilares básicos socioeconómicos de la humanidad, y tenemos comunes las matrículas de los coches, los carnéts de conducir, los pasaportes (innecesarios ya para viajar dentro de nuestras fronteras comunes), la moneda (el novísimo Euro) y hasta existen fuerzas militares conjuntas.

Los Estados Unidos de América tienen la hegemonía mundial de los dólares y las armas, pero su historia y su cultura no pueden compararse con las de la vieja Europa que los creó. Los americanos siempre tienen prisa, hablan un inglés macarrónico y nasal y no saben comer más que perritos calientes y hamburguesas con mucho ketchup.

Y ¿qué decir de Iberoamérica?. Hablan nuestro precioso español y tienen un bonito folclore, tan influido por el nuestro, pero tienen también ingentes riquezas naturales que no saben aprovechar, una historia plagada de guerras civiles y una situación de grave injusticia social.

Así es que ¡VIVA EUROPA!.

Sin embargo, Estados Unidos e Iberoamérica, con Canadá, Australia y Nueva Zelanda, conforman con nosotros los europeos, la cultura occidental, de manera que uno se encuentra “en su mundo” en Chicago y en París, en Sydney y en Lisboa, en Montreal y en Roma, en Madrid y en Buenos Aires.

No ocurre lo mismo en los exóticos países árabes, en la pobre y sangrienta África y en el misterioso Oriente.

Así es que ¡VIVA OCCIDENTE!.

Pero los salvajes atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York supusieron un terrible revulsivo para todas las naciones civilizadas del mundo, de todos los continentes y todas las religiones, razas y culturas, que han declarado su intención unánime de luchar conjuntamente contra el terrorismo.

Así es que ¡VIVAN LAS NACIONES CIVILIZADAS!.

El día menos pensado aparecerán los marcianos dispuestos a invadirnos, y será el momento del nacionalismo global y de gritar:

¡VIVA LA TIERRA!.

Es decir, ¿nacionalismo?, ¡sí!, ¡a tope!, pero de diverso grado según de lo que se trate y de con quién se hable. Nacionalismo a nivel del interlocutor y del tema, “Nacionalismo Relativo”, nunca excluyente y compatible con los diversos niveles.

Yo me siento profundamente gondomareño, gallego, español, europeo, occidental y terráqueo, y una cosa no quita la otra.



Nota: Mi hermana Car me regaña después de leer esto. Dice que a ella le encanta Castilla y que no le gusta lo que digo de franceses, ingleses, etc., lo que me hace pensar que quizá no he sabido expresar mi idea sobre el tema y que no se aprecia el tono jocoso empleado.

Castilla me gusta tanto que en su preciosa provincia de Segovia he construido mi casa de campo. Y en Francia tengo varios de mis mejores amigos.

Lo que quiero decir es que, a nivel pueblerino, el más cercano “rival” de Gondomar, con quien establecemos comparaciones, es Bayona, con la que sin embargo hacemos cuerpo para defender las virtudes de Galicia ante Castilla. Que las contiendas históricas entre Francia y España y las ideas estereotipadas que en cada país hay del otro, no impiden que sea estupendo fundirse en la Unión Europea para defendernos juntos del predominio norteamericano, haciendo luego frente común con USA para proteger la cultura occidental. Etc.
Enrique Fernández de Córdoba y Calleja
PD: Hablando del separatismo catalán actual (marzo 2013), habría que ofrecer el máximo apoyo a los muchos catalanes que se sienten españoles. Por otra parte, comento que cuando juega "El Barça" con otro equipo de fútbol, español o de cualquier otro país, yo prefiero que gane el "equipo amigo", es decir, aquel en cuyo estadio no se abuchee e insulte a nuestro himno nacional y a nuestro Rey.

· Sección prensa: Luis Calleja y la Virgen de la Roca en Bayona
Luis Calleja y la Virgen de la Roca en Bayona

· Sección colaboraciones: El espejo indiscreto. Capítulo IV-4
EL ESPEJO INDISCRETO
CAPÍTULO IV-4


Así había empezado mi relación adulta con Rosa.

Me sacó de mis pensamientos nostálgicos un traspiés del caballo, al que incité a galopar, excitado por aquellos recuerdos.
Volví a la casa sudoroso y lleno de polvo, me duché, evitando mirarme al espejo, y me encerré a trabajar en el amplio despacho, decorado con piezas de caza.
El resto del día transcurrió rutinariamente.
Cuando nos acostamos, me acerqué a Rosa y, apoyado en un codo, le dije:

-¿Te acuerdas de aquel día, viendo la puesta del sol en el cerro, cuando te besé por primera vez?
-Claro que me acuerdo, ¡Pero la primera vez me besaste a traición mientras te curaba la rodilla!
-Entonces apenas te rocé los labios. El primer beso de verdad fue en el cerro
-Para mí sí que lo fue, pero tú nunca me has confesado a cuantas chicas habías besado antes...
-¡Que manía tienes con eso! Anda, déjate de tonterías y ven aquí...

Y antes de dormirmos, y aunque como de costumbre ella se hizo un poco de rogar, retozamos como si fuéramos todavía dos jovencitos.
En el amor físico, Rosa era reticente, lenta, yo debía conquistarla poco a poco, pero cuando conseguía que alcanzara el éxtasis, tenía que taparle la boca para acallar sus gemidos de placer.
Cuando nos dormimos, tuve una pesadilla, por los recuerdos desempolvados al hablar con el dichoso espejo:
Choni, con una larga y vaporosa vestidura blanca, gesticulaba dramáticamente al borde de un precipicio gritando:

-¡Si no me dices que me quieres, me tiro al abismo!

Yo alargué los brazos hacia ella:

-¡No Choni! ¡No te tires! ¡Te quiero!

Me despertó Rosa zarandeándome:

-¡Oye! ¡Vaya manotazo me has dado! ¿Y quien es esa Choni que se tiraba no sé adonde? ¡Y la decías “te quiero”! ¡....!
-¡No mujer! ¡No decía Choni, sino poney, poni! Es que he tenido una pesadilla...
-Pues yo he entendido Choni, pero además, ¿Le decías te quiero a un caballo?
-No, que va, es que tu estabas al borde de un precipicio con un poni vestido de blanco...
-¿Un caballo vestido de blanco?
-Bueno quiero decir con una manta blanca, y me gritabas: “¡Díme que me quieres o tiro al poni!, y yo te decía: “¡Te quiero, no tires al poni!”
-Vaya estupidez
-Mujer, era una pesadilla...

Nos volvimos a dormir y, cuando nos despertamos, le dije:

-Rosita, preciosa, lo de anoche fue maravilloso, tengo un hambre tremenda, vamos a desayunar...
-Todavía estás hecho un loco en la cama y te pones pesadito con ese tema..., pero esa pesadilla estúpida..., y ¿No te afeitas primero, como siempre?
-No, me afeitaré cuando vuelva de montar a caballo, antes de ducharme
-¿A estas alturas vas a cambiar de costumbres? Mira que la rutina bien entendida, y rota de vez en cuando, es una de las causas de que nos mantengamos tan bien. ¿No será que quieres recitar poesías sin que te oiga?
-No, mujer, qué tontería...
-Como ahora te ha dado por ahí...

Se fue ella a su Escuela, me di yo mi paseo y entré en el cuarto de baño.

-Hola –le dije al viejo del espejo
-Hola –me contestó- Ayer, cuando te duchaste, evitabas mirarme...
-Es que me das un poco de miedo, hasta he tenido una pesadilla
-¿No quieres que sigamos con nuestra charla?
-¡Sí! ¡Claro que quiero! Estaba empezando a hablarte de Rosa...
-Eso ya me lo sé de cuando lo recordabas ayer montando a caballo, no te olvides de que yo soy tú
-¡Entonces para que contarte nada, si sabes todo lo que pienso!
-Se trata de que recuerdes. Además yo, como soy tu imagen virtual, tengo unas capacidades esotéricas que no tiene tu cuerpo de carne y hueso
-Bueno, pues sigamos. Ya te ha contado cómo conocí a Choni, a Nicole y a Rosita y cómo eran las tres. Me parece que ahora te toca a ti contarme las tres historias de que me hablaste
-Realmente serán solo dos, porque la de que te casaste con Rosa siendo ingeniero, me la estás contando tú a mí, pero primero háblame un poco más de tu matrimonio con Rosa.
-Ya te he contado algo, pero si quieres volvemos al principio. Fuimos novios poco más de un año, durante el que ella pasó temporadas en Madrid –donde estaba mi empresa- en casa de una tía suya y yo iba a su finca siempre que podía.
Cuando nos casamos, compré –con la ayuda de su padre- un piso en la ciudad.
Los primeros años fuimos muy felices y vivimos con desahogo, pues yo ganaba un buen sueldo y mi finca producía unos ingresos considerables.
Pronto empezaron a llegar los hijos, a una velocidad tremenda: en once años tuvimos a los siete, pues Rosa era una ferviente católica que no admitía ningún método de controlar los embarazos. Yo recibía con alegría a cada nuevo hijo que llegaba, pero se hicieron cuantiosos los gastos de vestir y alimentar a tantos niños, más los carísimos colegios, ortodoncias, etc.
Empezaron a no salirme las cuentas.

-Rosa, tenemos que hablar...
-Tú dirás, pero por favor, Ramón, no te pongas tan serio que me asustas ¡...!
-Anda, no digas palabrotas, que sabes que me molesta mucho. Verás, es que tenemos unos gastos que superan bastante a nuestros ingresos
-Eso ya me los has dicho alguna vez, pero me contaste que teníamos ahorros para ir tirando
-Sí, todavía hay bastantes acciones que he tenido que empezar a vender. He calculado que hay reservas para tres años, pero me preocupa mucho quedarnos a cero ante cualquier imprevisto. Dentro de cinco años terminaré de pagar la hipoteca de mi finca, y eso nos dará margen para equilibrar las cuentas, pero hasta entonces tenemos que hacer algo: o reducir los gastos o incrementar los ingresos
-Me parece que en los gastos normales poco podemos ahorrar. El pago mensual más importante son los colegios de los niños. Habría que meterlos en un colegio público.
Sería un ahorro muy importante y para ellos supondría una experiencia que podría venirles muy bien. Y, además de eso, tendríamos que ganar más dinero
-¿Y cómo demonios vamos a hacerlo? Yo no puedo pedir ahora aumento de sueldo
-Hace unos días me hablaste de que iba a haber elecciones para Presidente de la Asociación Nacional de Fabricantes de Maquinaria Agrícola, a cuyo Comité Ejecutivo perteneces hace tiempo. ¿Por qué no te presentas?
-Yo no valgo para eso...
-Ya lo creo que vales. En la última cena del Comité dos de tus compañeros me dijeron que eres el alma de la Asociación. Vales mucho más de lo que piensas y estoy orgullosa de tu labor modernizando el campo en España. Por otra parte, como vengo pensando hace tiempo, yo voy a hacer la carrera de Magisterio, que creo que son tres años. Si me dedico a ello en serio, quizá pueda acabarla en dos años. El sueldo no será gran cosa, pero sí una ayuda apreciable
-Rosa, eres increíble, le subes la moral a cualquiera –me levanté y la di un beso- ¡Te quiero!

Hicimos todo lo que ella planteó: yo fui elegido para la Presidencia de la Asociación y Rosa terminó su carrera en dos años y logró plaza de Maestra en el pueblo cercano a las fincas. Los cuatro hijos mayores se quedaron viviendo conmigo en el piso de Madrid y entraron en un colegio público, y los tres pequeños se instalaron con su madre en la casa de mi finca, yendo con ella a la escuela del pueblo. Así se resolvió la cuestión económica, aunque con la incomodidad de no reunirnos todos más que los fines de semana y los festivos.
Pero además del aspecto económico, había otro problema.
Yo me veía incapaz de prestar a cada uno de los siete hijos la atención que me parecía necesaria y me preocupaba si ejercía adecuadamente mi esencial papel de padre, aunque ello se compensaba con la increíble eficacia de Rosa para atender a sus funciones como estudiante de Magisterio – y luego maestra- ama de casa y madre.
También los hijos, al ser tan numerosos, se ayudaban mucho entre sí y colaboraban en la casa, lo que fomentamos Rosa y yo desde que los niños tenían pocos años, protegiendo los mayores a los más pequeños y estableciéndose un “Orden del Día” con algunas fáciles labores domésticas que cada uno debía cumplir.
Creo que conseguimos crear entre todos un buen equipo.
El piso madrileño lo habíamos amueblado con solo lo imprescindible para estar razonablemente instalados, y los hijos dormían en plan cuartel, en literas.
Mi casa en la finca era amplia, tenía bastantes muebles antiguos, cuadros, etc., pero también sofás y cómodas butacas. Había chimeneas en el salón, en el comedor, en el despacho-biblioteca y en tres de los seis dormitorios, entre ellos el nuestro. Tenía calefacción, imprescindible en invierno.
Rosa apenas había tocado nada, y fui yo el que sugirió que convenía darle una mano de pintura a las habitaciones. A ella no le gustaba cambiar las cosas, le parecía bien como estaban. La casa no le interesaba mucho. Solo pedía que estuviera limpia, que hubiera donde sentarse, una cama amplia y cómoda y que no hiciera frío.
Se iba a la finca por una pequeña carretera comarcal, poco más de media hora en coche desde Val de Rocas, el pueblo más cercano, pero luego había que meterse por un camino, ya en mis tierras, lo que suponía otros quince minutos hasta el caserío.
En la esquina entre la carretera y el camino estaban las grandes naves, para el procesado de los tomates, que había que bordear. Se ascendía luego por una larga y suave cuesta, que se curvaba cada trecho para rodear las rocas desperdigadas por el campo. Al coronar un repecho, se abría a la vista un pequeño valle y, bastante abajo, una gran explanada en la ladera, donde, en medio de un pinar, estaba el caserío. Al fondo serpenteaba el riachuelo.
Al aproximarse, se llenaba el aire del olor de los pinos, fragancia deliciosa que refrescaba los pulmones. El camino bajaba por la ladera, en un largo zigzag, y desembocaba en una amplia plaza, con la casa principal y la capilla al fondo y, en los otros tres lados, las viviendas del personal de la finca, la nave para la maquinaria y graneros y almacenes. En el centro de la plaza había una fuente que vertía el agua a un estanque redondo, rodeado de flores, con un surtidor en medio que lanzaba su chorro a tres metros de altura.
La puerta de la casa estaba enmarcada entre dos antiguas columnas. Cerca, en la pared, había una docena de anillas de hierro para atar a los caballos.
Al entrar en la casa había un amplio zaguán con, al fondo, un espejo de marco dorado y, a ambos lados, dos pequeños guerreros de bronce encima de pedestales de madera y dos cortinajes azules, de suelo a techo, con el escudo familiar en el centro. En la pared de la derecha había una tarima con un viejo arcón encima y sillones fraileros a cada lado. En la de la izquierda subía la escalera al piso de arriba, donde estaban los dormitorios.
La pared donde estaba la puerta de entrada tenía, a un lado, un largo perchero para sombreros y abrigos, con un paragüero y un espacio para bastones. En el otro lado había un mueble antiguo con cajones y, encima, una repisa para tres escopetas, con la base horadada para que encajaran las culatas y piezas arriba para meter los cañones.
Detrás de una de las cortinas estaba la sala que llamábamos “de las visitas”, que comunicaba con el despacho-biblioteca y este con un salón con puerta al comedor.
Por la otra cortina se pasaba a dependencias de servicio, al office y a la cocina.
Los suelos del piso bajo eran de losas de cerámica, para su más fácil limpieza al llegar del campo con las botas, aunque en la entrada, por fuera, había unas piezas de hierro para raspar los suelas con barro. Los techos eran de madera encerada.
En toda la casa había un olor a cuero, a madera vieja, a chimenea, a cera, que se mezclaba armoniosamente, en todo tiempo, con el aroma del pinar y, cuando llovía, con la fragancia de la tierra mojada.
Era una casa sólida, que guardaba las esencias de las varias generaciones de la familia que habían desgastado los escalones de la escalera y sacado brillo a los asientos de cuero de las sillas del comedor.
Para mí era mucho más que una casa: era la realidad tangible de mis raíces.
Me parecía ver a mi padre, a mi abuelo o a otros parientes fallecidos, sentados junto a la chimenea, o a mi madre, en la fuente del patio, arreglando las flores para la capilla.
Del manejo de la casa, y sobre todo de la cocina, se ocupaba Anastasia, ayudada por la hija de uno de los peones.

 
 
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